La semana pasada murió uno de los grandes, Juan Antonio Cebrián.
Normalmente cuando se hace un obituario sólo se escriben las bondades de esa persona, pero creo que en este caso sería justo. En el mundo que nos rodea, periodistas como él no abundan precisamente: Capaces de transmitirnos con igual pasión un artículo científico o un pasaje de la historia, o hablarnos de ocultismo, de cómics, literatura, de cine, o de temas de actualidad como ETA o la Guerra de de Irak y a todos dándole el mismo tono serio, responsable, ameno, cercano y sobre todo, con un toque de humildad del que carecen la mayoría de personajes que salen en los diferentes medios audiovisuales.